“Las olas de la vida”, microrrelato seleccionado para su publicación

 

 

IMG_2671

 

No, tranquilos, no me he metido a poeta, de momento. Pero todo tiene su por qué. Este poema tan desgarrador pertenece a Paco Herrera, el poeta ayamontino “de las cosas cercanas y las palabras sencillas”, definió el periodista Paco Gamero. Pero por desgracia, según el prólogo de su libro AYAMONTE, VERSOS A MI PUEBLO, la falta de fe en si mismo limitó a las revistas anuales de las Fiestas Patronales de las Angustias o la de Semana Santa su producción poética, escasa y sin más aspiraciones que el carácter local y considerándose distante del verdadero poeta que fue y del que el referido recopilatorio da fe. El libro cuenta con dibujos de pintores ayamontinos: D’Esury, Florencio Aguilera, Emilio Borrego, Rafael Oliva, Juan Fernández, Rafael Aguilera y Prudencio Navarro Pallares, siendo la preciosa portada de Lola Martín. Por cierto, fue editado sufragando su coste el Ayuntamiento de Ayamonte en 1978, pero he podido leer un artículo del periódico ODIEL de fecha 22 de Agosto de 1973,  del escritor Manuel Aníbal Alvarez, donde ya reclamaba la piublicación de la obra de Paco Herrera y que fuera el Ayuntamiento quien lo costeara. No iban rápidas las cosas por aquel entonces…IMG_2668 IMG_2670

  Bueno, no está de más recordarles a algunos la figura del poeta y darla a conocer a otros muchos, pero el motivo por el que he empezado por aquí esta entrada a mi blog es muy simple. Tengo una compañera de trabajo y amiga, además de paisana, a la que siempre le ha gustado leer las cosas que escribo, tanto los relatos como lo referente al carnaval. Coincidió que estaba conectada a Facebook cuando terminé el microrrelato y se lo mandé a ver que le parecía. Además de alguna pregunta por la que me vi obligado a hacer pequeñas modificaciones (habitual, estás tan metido en el tema que no te das cuentas que el lector no conoce más que lo que lee), me sugirió un titulo, lo cual me encanta porque ya no tengo que pensar en ese “detalle”. Bien, pues el poeta Paco Herrera, fallecido hace ya muchos años, era el abuelo de esta compañera, María Antonia Bermejo Herrera. Por cierto, elegir un poema tan triste para la entrada viene motivado porque lo recuerdo perfectamente de haberlo leído en un album de Semana Santa de principios de los setenta. Por aquel entonces no tendría siquiera diez años y el poema me tuvo que impactar pues lo tenía en mi memoria cuando hace pocos meses lo volví a leer en el libro.

Marte-logoEl relato seleccionado para publicarse participante en el “I Concurso de Microrrelatos Marte” de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castellón, debía de cumplir algún que otro requisito, como el de no sobrepasar las diez líneas en formato Word vertical, pero lo más importante es que de alguna manera tenía que hablar de la crisis y su repercusión en el mundo del arte. La visión que tuve fue la que plasmé, algo mas poética y metafórica de lo que acostumbro, pero en este relato me salió así. Espero que os guste.

“Las olas de la vida”

A pesar de su decrépito rostro y de las arrugas, la mirada que logré plasmar en el lienzo levantaba la admiración de todos. Era realismo en su grado máximo. No por ser demasiado lacónica o transmitir el hastío de la anciana, sino por inexpresiva… Me evocaba a un buque navegando hacia un destino sin retorno, con el agravante de que conociendo mejores derroteros, la desgana le impedía virar el timón. Cuando mi modelo fue rescatada del asilo de ancianos por la tripulación que un día la abandonó al pairo con las provisiones justas de su humilde pensión, creí que mi retrato dejaba de ser híper-realista; pero los daños causados por el salitre de la soledad, no permitieron a la náufraga, ya anciana, sobrevivir fuera de su isla.

 

 

 

El microrrelato “Bombitas” publicado en la red por la Facultad de Farmacia de la UCH de Valencia.

Con motivo de su 40 aniversario, la Facultad de Farmacia convocó un concurso de microrrelatos en el cual participo. Era obligatorio empezar con la frase “cuarenta años no es nada”, lo que me hizo retrotraerme en el tiempo.  Igual que hay veces que no se nos ilumina la bombillita por más que uno lo intente, en otras ocasiones, las ideas van llegando y se atropellan unas a otras. No creo que tardara más de diez minutos en escribir el relato, aunque como suele ser habitual, tardé bastante tiempo en corregirlo y dejarlo en el máximo de palabras permitido, que en esta ocasión era de doscientas. Alguna vez dije, que aunque tengo una idea de cuantas palabras van por renglón, esto solo sirve para orientarme. La costumbre de emborronar folios con una pluma, me lleva a tachaduras, escritos al margen o sobre la palabra a modificar y así hasta que ya lo tengo claro y lo paso a limpio también a mano. Después llega la segunda parte, que consiste en teclearlo en Word y ahí es donde cuento las palabras y empiezo a eliminar repeticiones, adjetivos inútiles, etc. hasta quedarme cerca del número pretendido.

Bueno, este es el relato:

Bombitas

Cuarenta años no son nada, escuché decir al anciano que me precedía en la cola de la farmacia. A mis nueve años esa cifra era tan lejana…

Con cuarenta años sería como el marino barbudo de las latitas de caramelos mentolados de la vitrina.

¡Cuanto me gustaría tener una de esas latas!

      –     Flore, mi madre que me des Hibitane y Optalidón.  Y que lo apuntes.

¡Ah! Y pastillas de clorato–  dije disimulando. 

Flore miró a “Lolo el de la Botica”  el mancebo más antiguo, que moviendo su cabeza asintió. Con habilidad envolvió los medicamentos.

Al dármelos dijo:

–       ¡Vaya, las pastillas de clorato se han quedado fuera del paquete! ¿Lo vuelvo a hacer con ellas dentro? – me preguntó.

–       No, no hace falta- dije con prontitud.

Fuera esperaba mi amigo Juanchi, que había traído azufre, del que su madre echaba para ahuyentar a los perros que mojaban la fachada. 

–       ¡Lo conseguí! – grité.

Salimos corriendo hacia la Plaza de la Laguna. Allí habíamos escondido unos días antes un librito de papel de fumar que encontramos. 

Mezclaríamos azufre y clorato, lo envolveríamos en un papelillo y nuestras bombitas estarían preparadas para explotar al tirarlas contra el suelo.

Ya comenté como me asaltaron muchas ideas para ayudarme con el relato:

40 años atrás/Infancia/Amigos (Juanchi sobre todo, aunque sin olvidarme de José Emilio, Abelote, Agustín, Pepito Quijote, Chico, Rui Paulo…)

 Farmacia/la de la Calle Real con el personal de entonces…

Valencia/cohetes/petardos/bombitas. Aquí utilicé una licencia literaria, pues no recuerdo jamás que Rosa Santana, la madre de Juanchi, echara azufre en la fachada. Pero lo que si recuerdo es que Juanchi era mi mejor amigo en aquellos años y si lo hubiera tenido que mandar a comprar azufre, por ejemplo a la droguería de la avenida donde trabajaba Joaquín Casiñas, el relato hubiera tenido una extensión mayor que la permitida. Por tanto, no me quedó más remedio que asignarle el azufre al amigo con el que compartiera mi historia. ¡Y ese no podía ser otro que Juanchi!